Diócesis de San Sebastián


OPINIÓN
Marije Gerra

Ashabari, el hogar de la esperanza

¿Es posible un mundo diferente? Si creemos, ¿por qué no ha de ser posible? ¿Tenemos esperanza de que es posible un mundo mejor, más humano, más digno para todos?

Si vamos a Sealdah, la estación de tren de Calcuta, nos encontraremos con muchas personas que vagan sin rumbo de un lado a otro. Una mujer joven de nombre Minuti era una de ellas. En su rostro demacrado no había signos de juventud. En su cuerpo esquelético había huellas de innumerables agresiones. Sus heridas estaban a la vista de todos. En su mirada había miedo y desconfianza. En su corazón, dolor y desesperanza.

Los miembros de la orden de la Madre Teresa frecuentan la estación. Habían tratado una y otra vez de rescatar a Minuti de aquel mundo de miseria. Sus intentos habían resultado siempre infructuosos. La joven se había negado siempre a acompañarlos. Nunca aceptaba que se le acercaran. Huía de ellos. ¡Quién sabe qué malos tratos y violencias habría sufrido en su desamparo! Casi dados por vencidos, los miembros de la compañía de la Madre Teresa dijeron a Izaskun, una de las fundadoras de la ONG Calcuta Ondoan: «Ve tú, a ver si a ti te escucha y te obedece» -porque obedecer viene de “audire”, es decir, oír y escuchar-.

Fue Izaskun al encuentro de aquella mujer. La tocó con delicadeza en el brazo. A su caricia, Minuti reaccionó a la defensiva. Hizo un gesto de arrojarle una piedra. No se fiaba. Había aprendido que la proximidad de cualquiera significaba una agresión. Se sintió en peligro. Aun queriendo, nadie podía ayudar a aquella mujer. Minuti estaba dominada por el pánico. Una vez más iban a perderla.

Izaskun, compadeciéndose, pidió a Dios: «Señor, haz que esta chica salga de este infierno». A continuación, llamó a la joven y, mostrándole un vestido, le dijo: «Didi, amar Didi! Dekho, sundhor aché?*», esto es, «¡Hermana, querida hermana, mira! ¿Te gusta?». La joven se volvió hacia Izaskun y la miró de lejos. De repente, comenzó a acercársele. En silencio, tomo el vestido y se lo puso.

Izaskun se dirigió en busca de un taxi. Minuti seguía sus pasos. Izaskun mantuvo lejos a los hombres del grupo –a su marido Iñigo y al resto– pues sabía que la joven no toleraba la cercanía de ningún varón por el terror que le provocaban. Todos observaban llenos de asombro el cambio que se había producido.

Izaskun entró en un taxi. Minuti se sentó a su lado. La llevaron a una de las casas de la Madre Teresa para que la curaran y cuidaran. Allá se despidió Izaskun de aquella mujer.

Al cabo de un año, la organización Calcuta Ondoan construyó el centro de acogida cerca de la capital. Era el lugar de destino de quienes vivían en las calles y estaciones de Calcuta. Lo llamaron Ashabari, que quiere decir Hogar de la Esperanza. Cuando el proyecto se puso en marcha, fueron Iñigo e Izaskun a ver el lugar. Nada más entrar en la casa, una de las mujeres que se encontraban en Ashabari fue corriendo a donde ellos y abrazó a Izaskun. Ella no comprendía qué estaba pasando y preguntó quién era aquella joven. «¿Recuerdas a aquella joven que sacaste de la estación? Es ella. Es Minuti». No la había reconocido. La joven de Ashabari no guardaba parecido a aquella otra de Sealdah un año atrás. Se había transformado. Había ganado treinta kilos y en su mirada no había miedo ni desconfianza. Sus ojos miraban con alegría y confianza. Su rostro reflejaba agradecimiento, apoyado en el corazón de Izaskun. Minuti sí se acordaba. Minuti sí había reconocido a su amiga. Y estaba que no cabía de gozo. Era dichosa a su lado.

Volvemos a la cuestión del inicio: ¿Es posible un mundo diferente? Abramos la puerta a la esperanza. Entremos en Ashabari. Veremos el rostro de Dios en las imágenes: veremos a Jesús en el sufrimiento del dolor de las gentes de Calcuta. Sentiremos el Espíritu de Jesús en la actuación misericordiosa de Izaskun. Percibiremos a Dios Padre que ama con un corazón de Madre en el abrazo de Izaskun. Intuiremos en la dicha de Minuti la alegría entrañable de Dios. Entonces captaremos que vamos construyendo entre todos el Reino de Dios.


*Didi es una palabra bengalí que significa hermana mayor. Es un término que expresa respeto y se utiliza para dirigirse a una mujer que es mayor que quien le habla.





Para más información o colaboración con la ONG Calcuta Ondoan:
teléfono 943-431.849
página web: http://www.calcutaondoan.org/


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